En muchas zonas de valle se siega el heno dos o tres veces por temporada. En nuestras praderas, a 1.500 metros, solo hay una siega al año, y esa diferencia no es un inconveniente: es lo que define el heno.
Una primavera corta y fría
La altitud impone su ritmo. Las primaveras frías del Pirineo hacen que la hierba crezca despacio y durante menos tiempo, así que no da para varios cortes como en zonas más cálidas. El clima abre una sola ventana, y a ella nos ajustamos.
Un corte entre el primero y el segundo
Ese crecimiento lento da un heno que reúne lo bueno de un primer corte y de un segundo a la vez: fibroso y equilibrado, con una buena base de fibra y una proporción de proteína razonable. Es un heno pensado para comerse a voluntad sin desajustar al animal.
Menos cantidad, más carácter
La contrapartida de una sola siega es que se recoge menos heno, con plantas de tallo más corto. A cambio, esa pradera de montaña reúne muchas especies distintas, y esa diversidad es la que da al heno su aroma y su variedad.
Lo que gana el animal
Para el conejo o el caballo que lo come, el resultado es un heno variado y equilibrado, con la fibra que necesita y un sabor que acepta de buen grado. Una sola cosecha, pero con carácter.